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¿Cuánto reprimir y cuánto expresar?

La represión es un mecanismo efectivo para evitar que nos expresemos en lugares o momentos inapropiados. Tiende a ser importante y además útil saber ejercerla; sin embargo, cuando intentamos convertirla en algo para sostener permanentemente, se vuelve un problema en lugar de una solución.

El problema es que, precisamente desde niños aprendemos a reprimir y, en ausencia de una guía de aplicación saludable de este mecanismo, solemos convertir las partes que rechazamos de nosotros mismos en características que intentamos ocultar hasta de nosotros mismos.
En pro de la educación se reprime a los niños y se les exige comportamientos diferentes a los que expresarían naturalmente, sin apoyarlos suficiente hasta que desarrollen consciencia real del por qué es necesario que se comporten de otra manera y la única manera en que logran evitar ser castigados o rechazados es a través de la represión. Luego, simplemente extienden el hábito hasta su vida adulta.

Otras veces, los niños escogen por sí mismos la represión cuando sienten demasiado miedo a expresarse tal cual son, por no considerar seguro el entorno en el que se desenvuelven.
Usar la represión en pro de buscar el momento y lugar adecuados es una cualidad de aspecto asertivo, pero la represión como recurso permanente para evitar problemas, no solo no corrige la actitud real del niño sino que, en algunos casos, vuelve al que se reprime propenso a enfermar y a vivir dobles estándares de conducta de allí en adelante.
Lo que se reprime se convierte en inconsciente y se ejecuta de manera inconsciente (sin que nos demos cuenta) en lo sucesivo.
Cuando una persona está dominada por la represión, la proyección (mecanismo de defensa de la mente inconsciente) es inevitable.
Surge como respuesta de la mente ante una represión ineficaz, en el que se atribuye a los demás características nuestras (o su extremo opuesto) que consideramos indeseables y dignas de nuestro más apasionado rechazo.
La proyección es un mecanismo de defensa por el que el sujeto atribuye a otras personas las propias virtudes o defectos, incluso sus carencias.

De esta manera, los defectos que rechazamos rotundamente en otros se convierten en un espejo de los nuestros.
Cabe decir que la salud de nuestros hábitos relacionados a la forma de expresarnos como adultos y aceptación y tolerancia por los demás dependerá grandemente del grado de aceptación que hayamos gozado durante la infancia. Sin embargo, esto no significa que el daño sea irreversible.
El renombrado psicólogo Carl G. Jung designó cómo “Sombra” a todos los aspectos ocultos o inconscientes de uno mismo, tanto positivos como negativos, que se han reprimido o nunca se han reconocido como propios.
En algunos casos tenemos un cierto conocimiento de nuestra sombra, pero ignoramos sus alcances.

Si nos negamos a integrar el contenido de nuestra sombra nuestra mente recurrirá constantemente al mecanismo de “La Proyección” en busca de la sanación que nos lleve a ser auténticos y completos.
Por lo tanto, atraeremos personas a nuestra vida que “nos caerán muy mal” en las que veremos expresadas esas características que tanto tratamos de ocultar hasta de nosotros mismos.
La razón del rechazo severo que sentimos ante tales personas corresponde al enfoque negativo con que aprendimos a ver esas características.
Mientras más nos hayan rechazado por ellas, más fuerte será el sentimiento de rechazo que sentiremos hacia ver que además de estar presentes en las otras personas, esas características siguen habitando en nosotros.
Lo mejor será emprender un trabajo de concientizarse y aceptarse a sí mismo, para luego corregir si es realmente necesario, lo que sea que haya que corregir.
Silvia Larrave
Del libro “Ecuanimidad, En Busca de
la liberación del sufrimiento”
info@slarrave.com

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